martes, 17 de junio de 2014

Finis Hispaniae

Son muchos los españoles que han tragado con la fórmula envenenada del derecho a decidir. No hubieran aceptado la independencia, pero una "consulta", presentada como la quintaesencia de la virtud democrática, eso es diferente. ¿Cómo negarle a alguien un "derecho", más si ese derecho sólo implica poder "decidir"?

Dos palabras cargadas de un contenido emocional positivo que han tenido el predicamento que nunca tuvieron las trece letras de la voz "independencia". El nacionalismo ha tocado la tecla exacta ampliando así extraordinariamente su ámbito de influencia.

Tenemos, por tanto, a un importante número de españoles dispuestos a que una parte decida si bajamos la persiana de la historia para esta vieja nación. Otros están dispuestos a lo mismo con tal de liberarse del insoportable discursito victimista y pedigüeño de los nacionalistas. Y otro buen puñado de españoles, por lo general adscritos a la derecha política, concederían gustosos la independencia a todo el que la reclamase por el solo hecho de reclamarla: no merece ser español quien no está dispuesto a serlo.

Cada uno de estos grupos, llega, por planteamientos diferentes, a la misma conclusión: la secesión es aceptable. Y, sobre todo, dicen, acabaría con el eterno problema territorial. Ilusos. Llegados a este punto daría comienzo el verdadero problema territorial. El día después de la independencia de Cataluña, el nacionalismo marcaría su nuevo objetivo abriendo un conflicto diplomático de colosales dimensiones: la "reunificación de los Países Catalanes".

En definitiva, la culminación de un proyecto del que la independencia catalana sólo sería el primer paso. Así lo refleja el partido más votado en Cataluña en las últimas elecciones, ERC, en su programa electoral: "El resto de territorios de los Países Catalanes (sic) podrán, en cualquier momento, decidir de manera democrática añadirse a la futura República catalana o crear otra y federarse".

Nacionalismo en estado puro, no es nuevo. Hay, de hecho, precedentes. Terribles precedentes. "Completar la articulación política de la nación", esto es, expansionismo territorial. Consustancial a todo nacionalismo. Y con objetivos perfectamente identificados y localizados: la Comunidad Valenciana, Baleares, la Franja de Aragón, la comarca murciana de El Carche, la región francesa del Rosellón, y en algunos casos, también la ciudad italiana de Alguer y Andorra.

Por tanto la amputación de una parte del cuerpo nacional no supondría sino el principio del problema. Y no solo por desatar nuevos conflictos, también, y sobre todo, por el gravísimo precedente creado y sus incontrolables consecuencias. ¿Con qué legitimidad se impediría una futura escisión vasca (y la posterior operación sobre Navarra?, ¿y la escisión gallega?, ¿y canaria? Ya está preparado el término que describiría tan dramático proceso: Finis Hispaniae.

(publicado en elsemanaldigital.com el 16 de junio de 2014 -enlace aquí-)

Ingeniería del lenguaje

El nacionalismo aprovechó la instauración democrática en España y las competencias autonómicas para llevar a cabo una gigantesca labor de ingeniería social. Desde el control de los medios de comunicación o la educación a políticas lingüísticas, culturales o institucionales. El lenguaje, las palabras, en tanto portadoras de ideas, son parte fundamental del proceso de ingeniería. Su modificación, alteración o sustitución por otras más adecuadas es una constante de todo movimiento nacionalista, democrático o no.

Banda terrorista pasó a ser "grupo armado", un atentado una "acción", el separatismo es hoy "soberanismo", "normalización lingüística" significa sumergir a los niños en el monolingüismo, y el término administrativo "Estado" sustituye a la nación, a España, vocablo absolutamente vetado y del que hay que obviar también sus derivados y hasta su propia existencia.

La forma en la que presentar las ideas es determinante para que estas triunfen o fracasen. Cuando el referendo quebequés del 98, los estudios sociológicos advertían que el apoyo a la secesión bajaba 20 puntos, ahí es nada, si se empleaba el término "independencia" en lugar de "soberanía". Y lo mismo con "decidir" y "separarse".

Existe una construcción que ha alcanzado gran predicamento y que por si sola ha logrado moldear la realidad sociológica, es el "derecho a decidir". El separatismo sólo ha dejado de ser marginal en Cataluña cuando ha empleado esta forma eufemística. Cuando ha abandonado la fórmula habitual –"independencia"- y ha optado por una no sólo más aceptable sino en apariencia incuestionable: darle a la ciudadanía la posibilidad de escoger.

Reconocerle al pueblo un derecho. Más cuando este derecho sólo implica poder "decidir". No importa que tal derecho no exista salvo para casos de ocupación militar, violación de los derechos humanos o situación colonial. No importa que la Constitución Española ni ninguna otra en el Mundo reconozcan la autodeterminación. No importa que el sujeto de ese derecho habría de ser, en todo caso, el cuerpo nacional completo, no una parte. No importa nada de eso, la potencia del enunciado lo hace casi irrefutable.

Para desenmascararlo hace falta demasiado tiempo, demasiados argumentos, mientras que la citada construcción es directa, emocional y apela a un valor tan elevado en el imaginario colectivo como el principio democrático. Visto el éxito cosechado, otros se afanan a envolver su producto político con el mismo llamativo embalaje. Los antimonárquicos ya no exigen el advenimiento de la República (exigencia que, como tal, nunca trascendió la marginalidad política), piden un referéndum "sobre el modelo de Estado" que ya apoyan casi 2/3 de españoles según reciente encuesta de El País.

Así las cosas no ha de extrañar que el porcentaje de catalanes partidarios de "poder decidir" esté próximo al 90%. El Gobierno central no podrá sostener un porcentaje así durante mucho tiempo. Y si finalmente cede, si cae en la trampa del lenguaje, entonces el secesionismo habrá ganado.

(publicado en elsemanaldigital.com el 9 de junio de 2014 -enlace aquí-)

Madina y el Rey

A pesar de una salvaje crisis económica que sigue agarrada al cuello de España, a pesar del auge de un frente popular furibundamente antimonárquico, a pesar de un desafío separatista que se acerca a su último estadio, a pesar de los procesos judiciales que afectan a la Familia Real, a pesar de todo esto, Juan Carlos I ha entendido que el actual es el mejor momento para abdicar.

Una decisión poco comprensible en una primera lectura, pero perfectamente justificada si atendemos al corto plazo de un Partido Socialista que, junto con el Partido Popular, habrá de garantizar la continuidad de la Corona en las Cortes Generales. Rubalcaba lo deja, en pocos meses perderá el control del partido y las alternativas con más opciones para sustituirle son, a falta de sorpresas de última hora, básicamente tres: Susana Díaz, Carmen Chacón y Eduardo Madina. Nadie, en los pasillos del Estado, teme un PSOE liderado por Díaz o Chacón; lo de Madina es diferente.

La presidenta de la Junta alabó la figura del Rey y se refirió al futuro Felipe VI como "la nueva generación que habrá de liderar los nuevos tiempos". Chacón, enfrentada en soledad al resto del PSC por el llamado "derecho a decidir", aplaudió igualmente que el Monarca dejara paso a otra generación. Madina, republicano reconocido, rompió el discurso oficial e invitó a escuchar "el debate abierto hoy en las calles" y advirtió que "todos los debates van a estar abiertos".

No es la primera vez que Eduardo Madina exhibe un perfil marcadamente izquierdista. Hace unos meses, durante la tramitación de la Ley de Seguridad Ciudadana y después de una bronca monumental con el Ministro del Interior, advirtió: "Bastará que ustedes manden al Consejo de Ministros una ley que limite un milímetro las libertades que ahora tenemos para que haya una oleada de protestas como nunca ha habido: no sé cuántas asociaciones civiles y ciudadanas saldrán a la calle, pero el PSOE saldrá".

Sobre el órdago separatista de Artur Mas Madina pide al Gobierno "entender la complejidad de Cataluña" aunque, eso sí, sin demasiada esperanza: "La derecha española sabe mucho de tensiones territoriales, son años de discursos anticatalanes, de boicot a productos catalanes...". Una postura que no sorprende habida cuenta de la defensa del "derecho de autodeterminación" que hacía en sus tiempos como secretario de Política Institucional del PSE: "Si Euskadi dice que quiere la autodeterminación, negársela es imposible porque en democracia los políticos están para hacer lo que el pueblo diga" (El País, 3 de abril de 2000).

En octubre del año pasado, después de una operación contra el colectivo de presos de ETA Herria, el candidato socialista dudó públicamente de la idoneidad de una actuación "tan aparatosa". En tanto ubicado en el ala más a la izquierda del partido, Madina puede hacerse valer como el único dirigente capaz de taponar la fuga de votos a Izquierda Unida y Podemos.

No cuenta con apoyos entre los veteranos del partido, es cierto, pero sí con un padrino de lujo que ve en él a su alter ego: José Luis Rodríguez Zapatero. Con todo, podría colegirse que si la Casa Real precipitó la abdicación por temor a la irrupción de un líder socialista que dinamitara los pactos tácitos de la Transición, probablemente pensaban en Eduardo Madina.

(publicado en elsemanaldigital.com el 6 de junio de 2014 -enlace aquí-)

Diez claves para entender el éxito del separatismo (II)

6. Ingeniería social. Mucho se ha hablado durante estos días de la llamada ANC (Assemblea Nacional Catalana) por una polémica hoja de ruta que preveía la insurrección como herramienta para alcanzar la independencia. Pero la Assemblea es solo una parte del formidable engranaje asociativo que el nacionalismo ha tejido durante estos años. Unos movimientos pretendidamente civiles y espontáneos pero abundantemente regados con dinero público y pilotados por políticos. La propia ANC sin ir más lejos está presidida por una militante de Esquerra Republicana.

La colosal labor de ingeniería social, reconozcámoslo, ha sido un formidable éxito. El nacionalismo ha colonizado hasta la última institución en Cataluña. Desde asociaciones de vecinos a medios de comunicación pasando por colegios profesionales, clubes deportivos o instituciones creadas ad hoc como la del llamado Tricentenario (seis millones de dinero público). Todo está ya convenientemente empapado de catalanismo.

En 1990 el diario El País advertía de la existencia de "un documento que propugna la infiltración nacionalista en todos los ámbitos sociales". Tal documento abogaba por "vigilar la composición de los tribunales de oposición" para el profesorado, "la correcta aplicación de la catalanización de la enseñanza" o el control de "las asociaciones de padres". Con respecto a los medios de comunicación de masas, las instrucciones eran taxativas: "introducir gente nacionalista (...) en todos los puestos claves de los medios de comunicación (…) para garantizar una preparación con conciencia nacional catalana". Todo se ha cumplido milimétricamente. El nacionalismo tiene ya carácter ambiental.

7. Educación. España es la única nación de Europa en la que en algunos de sus territorios no se puede escolarizar a los niños en la lengua oficial del Estado.

La autonomía educativa ha (in)evolucionado hasta la independencia educativa de facto. La propia Generalidad reconoce ya sin ambages que no aplica ni aplicará las leyes, que no aplica ni aplicará las sentencias de los tribunales. El Ministerio de Educación es perfectamente prescindible. Ya no rige. La política de adoctrinamiento nacionalista es visible, pública y descarada. Hace tiempo que no es necesario abrir los libros de texto para comprobarlo, basta escuchar a los consejeros de Educación.

Son ya dos generaciones de niños catalanes los que han crecido instruidos en el convencimiento de que Cataluña es un pueblo oprimido, represaliado y sometido a un "genocidio cultural" permanente; y España, "el Estado", una suerte de cárcel de naciones cuyo derrocamiento definitivo es necesario, no solo para alcanzar la "plenitud nacional", también por una cuestión moral y de estricta higiene democrática.

8. Campaña internacional. Reconocía hace pocos días el consejero de Presidencia Francesc Homs que la Generalidad había celebrado "más de cien reuniones internacionales en 2013". Casi una cada tres días. El Ministerio de Asuntos Exteriores reitera, a cada nueva reunión (de las que tiene conocimiento), que Mas hace el ridículo. Y quizá lo hiciera al principio. Quizá no le tomen en serio en la mayoría de cancillerías. En sesenta, setenta u ochenta de ese centenar de reuniones. Pero, ¿y en las otras veinte, treinta o cuarenta?

Todos los medios anglosajones, desde la BBC al Financial Times, le han brindado espacio en sus tertulias, programas y periódicos. Y no solo ellos, Artur Mas ha hecho pública su "voluntad de consulta democrática" en algunos de los diarios de mayor prestigio y tirada de Europa. Incluso, al modo de aquél editorial único, publicó un artículo titulado "Let us vote! (¡Dejadnos votar!)" en seis periódicos extranjeros –de Croacia, Malta, Chipre, Bulgaria, Estonia y Bélgica- simultáneamente.

Poco a poco, tímidamente, los resultados van llegando: los primeros ministros de Letonia y Lituania reconocieron pública y explícitamente "el derecho de autodeterminación" de Cataluña. Luego Margallo llamó a consultas a sus embajadores y matizaron sus declaraciones, mas el daño ya estaba hecho.

Así las cosas, ¿es posible garantizar que si la Generalidad llevara su desafío hasta el estadio final no aparecería por sorpresa ningún país europeo que reconociera "legitimidad" a sus aspiraciones?, ¿ninguno?, ¿de los veintiocho?

9. Medios de comunicación. Los medios, como la Educación o el asociacionismo "civil", son solo parte del colosal engranaje nacionalista. Lo reconoce la propia Generalidad a través de la Consejería de Presidencia: "los medios públicos (tienen un) papel principal (…) en el proceso de construcción nacional". Tanto TV3 como Catalunya Ràdio, y a pesar de los ajustes, siguen siendo estructuras elefantiásicas que albergan a más trabajadores que cualquier medio nacional.

Sólo TV3 cuenta con una plantilla mayor que Telecinco. El doble exactamente. Y una programación que pivota en torno a la independencia. En torno a sus bondades concretamente. Los informativos pero no sólo los informativos. De una manera u otra el "procés" está presente en toda la programación. Desde los programas de variedades a los de humor o deportivos. Además, obviamente, de la abundante programación diseñada ad hoc: reportajes, entrevistas y documentales que no son sino panegíricos de la causa.

Lo mismo puede decirse de unos debates donde la presencia de un solitario tertuliano contrario al régimen nacionalista pretende salvar la cara de la pluralidad de los medios públicos. En la Cataluña del nacionalismo no existe prensa independiente del poder político. Medios públicos son todos. Oficial u oficiosamante. Los unos por control directo, los otros por indirecto. La lluvia de millones en plena crisis general y del sector hace de los medios catalanes los más espléndidamente saneados de España. El peaje es conocido: apoyo cerrado al poder y a cuantas iniciativas de él surjan. Por esperpénticas que sean. Y así lo hacen. Es de biennacidos.

10. Complicidad de la izquierda. La idea política de España tiene carácter progresista. Fue cosa de liberales gaditanos. Un concepto integrador, solidario e igualitario. Y así fue durante mucho tiempo. Después, el patriotismo pasó a manos conservadoras, mas nunca como ahora la izquierda llegó a poner en duda la misma idea de España.

Así hablaba el presidente de la II República Juan Negrín:

"Estoy haciendo la guerra por España y para España. Por su grandeza y para su grandeza. Se equivocan los que otra cosa supongan. No hay más que una nación: ¡España!. (…) En punto a la integridad de España soy irreductible y la defenderé de los de afuera y de los de adentro. Mi posición es absoluta y no consiente disminución".

Recuperar a la izquierda para el proyecto común es capital. Su alejamiento le supuso al PSOE una grave escisión (UPyD) y no poco perjuicio a España. La izquierda democrática ha escogido hacerse micronacionalista de todos los territorios de España… excepto de la propia España. Al principio, ser de izquierdas y nacionalista se hizo compatible. Hoy parece necesario. Una gran parte de la progresía vive anclada en el Franquismo y, torpemente, vincula 40 años de régimen con cinco siglos de historia común.

(publicado en elsemanaldigital.com el 31 de marzo de 2014 -enlace aquí-)

Diez claves para entender el éxito del separatismo (I)

Empezó como un movimiento de carácter exclusivamente cultural hace un siglo y medio y hoy se ha convertido en un desafío político de primera magnitud que amenaza la propia supervivencia de la nación más vieja de Europa. Diez son las claves (cinco en la primera entrega, cinco en la segunda) que, según mi parecer, explican el auge del separatismo catalán hoy. Son estas.

1. Estado Autonómico. Diseñado ad hoc para dar respuesta a las exigencias de los nacionalismos vasco y catalán, treinta y cinco años después, el modelo ha fracasado. No sólo no ha servido para apaciguar las pulsiones separatistas de los dos territorios: los ha exacerbado. Incluso ha favorecido la aparición de movimientos regionalistas en lugares que jamás se habían planteado su pertenencia al proyecto común.

Las élites nacionalistas han empleado el autogobierno como herramienta para alcanzar el objetivo natural de todo nacionalista. La pseudofederación que supone el actual modelo, está visto, no era un fin, era un medio.

2. Franquismo. Al margen del debate sobre la naturaleza totalitaria o autoritaria del Régimen, una cosa es clara: el Franquismo desplegó, sobre todo al principio, un nacionalismo español que apenas dejó espacio a las peculiaridades regionales. Si existió represión social y política en Zamora o Jaén, en Cataluña la represión tuvo también carácter cultural y lingüístico. Franco represalió en nombre de España generando una asociación de ideas, una vinculación del uno con la otra, que algunos aún hoy hacen porque permanezca viva. Con éxito, por cierto.

3. Complejos de la derecha. La mala conciencia y la autoculpa condicionó el discurso de la derecha postfranquista. Sorprendentemente, los complejos siguen vivos en el siglo XXI. Un lastre, una debilidad estratégica de primerísimo orden que los nacionalistas han sabido rentabilizar. La fórmula que usan viene a ser: la derecha hace concesiones y el nacionalismo le autoriza como agente democrático. Y sigue funcionando.

4. Inmunidad legal. Consecuencia directa de la anterior, el Estado tolera a la Generalidad de Cataluña lo que no tolera a ningún otro ciudadano o institución: la insumisión. Cataluña, al menos jurídicamente, es ya independiente. Se incumplen por norma todas las sentencias lingüísticas. No rigen las leyes. Al menos las leyes que el nacionalismo considera atentan contra su "personalidad nacional". Consentir la insubordinación genera una inercia de hechos consumados. Una inercia que va a más y que ha instalado a los líderes secesionistas en la arrogancia propia del que se sabe invulnerable. Las palabras del consejero de Presidencia Francesc Homs son sólo un ejemplo, el penúltimo, de la citada impertinencia: "No moveremos una sola coma del modelo lingüístico".

5. Marco mental nacionalista. Artur Mas arengando subido en la tumba de Macià, excursiones nocturnas a Montjuïc portando antorchas, culto al líder, vacío al disidente, fastos de aniversarios de batallas del XVIII. El nacionalismo, que en el resto de Europa es visto como insolidario y reaccionario, aquí parece estar adornado por una incomprensible pátina de superioridad moral. En España en general y en los territorios donde tiene predicamento particularmente, ha sabido generar un marco mental fuera del cual está la marginalidad política. En Cataluña se ha impuesto el discurso elaborado por el nacionalismo.

Lo políticamente correcto y lo incorrecto, lo que conviene a Cataluña y lo que hay que rechazar, la identidad original y la que "impone Madrid". Todo son claves que ha formulado el nacionalismo y que han calado en el imaginario colectivo. Y comparecer a un combate ideológico en el que las armas, las condiciones y el reglamento lo proporciona el adversario es suicidarse. En esas estamos.

(publicado en elsemanaldigital.com el 3 de marzo de 2014 -enlace aquí-)

lunes, 26 de agosto de 2013

Lorenzo Carbonell Muntó, “el más brillante capitán de Regulares”


Las grandes potencias industriales europeas se repartían el mundo en las postrimerías del siglo XIX mientras España perdía, Desastre del 98 mediante, el derecho a llamarse imperio. La historia, como casi siempre, nos cogía a contrapié.
A principios del siglo XX, una vez distribuido lo mejor del banquete africano entre franceses, belgas y británicos, se requirió de la presencia del comensal español. Un tipo exhausto por las tres guerras civiles del XIX y aún conmocionado por la pesadilla de Cuba, pero hambriento de gloria. África suponía recuperar la dignidad nacional, reconciliarse con sus mejores tiempos y volver al auténtico ser de España: el Imperio.
El Rif, 20.000 Km² de montaña y piedras en lo que hoy conocemos como Marruecos, fue la porción de tierra que ofrecían los franceses y que suponía la posibilidad de reverdecer viejos laureles.
Abd-el-Krim
Muy pronto las cábilas del Rif se agruparían bajo el liderazgo del caudillo Abd-el-Krim, produciéndose los primeros encontronazos, casi todos saldados con desastrosos resultados para nuestro mal pertrechado y peor dirigido ejército. La mayor carnicería se produjo en el Barranco del Lobo, cerca de Melilla, en 1909. Los moros, conocedores del terreno y apostados en posiciones elevadas, cazaron a los españoles como a conejos. Mil muertos. La noticia de la tragedia corrió como la pólvora. Prendió en Barcelona. La Ciudad Condal se consumía en un clima político asfixiante donde los movimientos obreros y anarquistas buscaban el momento idóneo para hacer la revolución. La Guerra de África, con levas que afectaron fundamentalmente a los trabajadores, era ése momento. Tres días de protestas, quemas de conventos y enfrentamientos con el ejército que se saldaron con más de cien muertos y una brutal represión. Se le llamó la Semana Trágica y se llevó por delante al Gobierno de Maura.
Al término de la I Guerra Mundial se reanudaron las operaciones contra los rebeldes de Abd-el-Krim, ya con tropas indígenas –Regulares-, a las que se unirían la recién estrenada Legión Española. No obstante lo cual la mayoría de los efectivos seguían procediendo de reclutas forzosas. Gentes por lo general humildes, sin entrenamiento militar, mal alimentados y armados con fusiles obsoletos.

Annual
Es el verano de 1921, después de algunos progresos militares y, sobre todo, sobornando a líderes rifeños, los españoles avanzan. Desde Melilla, se recorren más de 130 Kms en dirección a la bahía de Alhucemas, a través de un interminable desfiladero: Annual.
El Comandante General Fernández Silvestre busca el golpe definitivo que pacifique de una vez por todas el protectorado y le granjeé el reconocimiento y los galones que creía merecer. Fue una acción mal planificada y peor ejecutada que acabaría dejando el episodio del Barranco del Lobo en una infeliz anécdota.
Los indígenas reaccionaron de forma no esperada por la autoridad militar española:
atacaron con desconcertante fiereza a los soldados españoles, que huyeron en desbandada. A la carrera. Desordenadamente, confundidos, aterrorizados, a través de aquél inhóspito desfiladero. La masacre no pudo ser más sencilla para un enemigo que, desde las lomas, disparaba casi sin apuntar. 10.000 cadáveres. Ninguno recibió sepultura. Quedaron momificados. Muchos de ellos aún conservarían el gesto de pánico cuando, cuatro años después, las tropas españolas desembarcaran en Alhucemas.
3.000 españoles renunciaron a llegar a Melilla y pactaron la capitulación con Abd-el-Krim: las armas a cambio de la vida. Los nuestros apilaron sus polvorientos fusiles en una enorme montaña de armas. Luego les cortaron el cuello. A todos. Sobrevivieron sesenta, por los que dos años más tarde se pagaría un millonario rescate.
El desastre provocó una enorme conmoción en una opinión pública contraria a la guerra y harta de mandar jóvenes y recibir muertos. Hubo grandes protestas en el país que reclamaban la salida inmediata del avispero marroquí. La presión social llevó a la formación de una comisión militar de investigación que destapó graves irregularidades, corrupción e ineficacia en el ejército español destinado en África. Mas el expediente no llegó a depurar responsabilidades: el 13 de septiembre de 1923, el Capitán General Miguel Primo de Rivera se rebela contra el gobierno y establece una dictadura militar. Entre sus principales objetivos, sino el principal, acabar con la guerra de la única manera en que sabe hacerlo un militar: ganándola.

El Capitán Carbonell
Capitán Lorenzo Carbonell Muntó
Corre el verano de 1924. Continúa la sangría africana. Un contingente español a cargo del Comandante Puig desembarca en la bahía de Uad Lau, muy próxima a Tetuán. El objetivo es ocupar las alturas de Yebel-Cobbú para, de este modo, cubrir las posiciones españolas, hostigadas permanentemente por los rifeños.
A mediados de agosto ya ondea la enseña nacional en lo más alto de Yebel-Cobbú, pero la posición no está ni mucho menos asegurada. Escaramuzas constantes de un enemigo invisible no permiten bajar ni un segundo la guardia.

Cae la tarde del día 24 de agosto. El joven capitán de las Fuerzas Regulares de Alhucemas nº5, Lorenzo Carbonell Muntó, ordena a la mitad de sus hombres fortificar la posición. La otra mitad, de guardia. Tal es la inseguridad.
El capitán Carbonell, natural de la industriosa ciudad de Alcoy, nació en el año 1894 en el seno de una familia acomodada. Cuarto de nueve hermanos, su vocación castrense le llevó a ingresar, con 19 años, en la Academia de Infantería de Toledo.
De tez morena y ojos negros, brillantes; casi mimetizado con el entorno; sereno el temperamento, “los soldados tienen un cariño tan grande por su capitán, que se matan antes que él tuviera un mínimo incidente”.
El sol agoniza a lo lejos. El cielo es ya completamente rojo, preludio fatal de la sangre que iba a verterse. Los soldados, afanosos en las labores de parapeto, no reparan en que, a escasos veinte metros, doscientos moros avanzan entre el espesísimo monte bajo. Sigilosos y fríos como culebras. Pacientes. Diez metros les separan ya de los nuestros cuando se escucha, más que un grito, un rugido estremecedor. Es la señal. Los moros se yerguen. Muchos de los nuestros nunca supieron que ocurrió, murieron antes. Un aguacero cruel de granadas de mano iluminaba todo el sector de Uad-Lau. La vida se va a fogonazos. Los cuerpos vuelan por los aires y caen, como fardos, para no volverse a levantar. Amputados deambulan intentando, penosamente, recuperar la orientación. No hay honor en esto. Las piedras sustituyen a los explosivos en una suerte de plaga Bíblica que, a base de violentísimos golpes secos, se llevan a los españoles. Desconcierto. Entre gritos, que más que de dolor parecen de pena, un soldado llama a su madre. El lamento cesa de un disparo. Los que pueden correr, corren. El resto, se arrastra. Un primitivo instinto de supervivencia les grita que huyan, les grita que vivan.
Cuando la posición parece irremediablemente perdida, una voz estruendosa, rotunda, se eleva por encima de las demás: “¡Al parapeto y a ellos!”. El griterío ininteligible cesa por un segundo. “Con una serenidad pasmosa y un desprecio a la vida incalculable” aparece la figura del Capitán Carbonell que, pistola en mano, avanza entre el caos. Sin desviar la mirada del enemigo, y sin parar de disparar, va levantando españoles del suelo, “¡arriba!”. Se mantiene imperturbable entre el silbido de las balas. Actúa como si controlara la enloquecida situación. La escena es esperpéntica. “¡Vamos!”, “¡a ellos!”. El Capitán acaba por contagiar su grotesca seguridad. Algunos que marchaban presa del pánico, vuelven. Otros buscan munición por los suelos, con las manos temblorosas. Carbonell recibe un disparo en el pecho que le hace retroceder varios metros, pero no cae al suelo. Esa bala rifeña acaba de obrar el milagro: los soldados de España recuperan súbitamente la moral. Ya no importa morir. O ellos o nosotros. Son leones. Y se lanzan al combate cuerpo a cuerpo. El desconcierto cambia de bando. Carbonell es de nuevo herido, esta vez en el brazo. Ha perdido su arma, ya sólo da órdenes. Se agarra la herida. Algunos de los suyos abandonan el combate para socorrerle. Los rechaza: “¡Adelante!”. Parece inmortal. Su abnegación ilumina a los suyos que, si están vivos, están combatiendo. Se ha contenido al enemigo. La lucha es salvaje, casi medieval. La pólvora deja paso al frío acero. Machetazos, y que el diablo reconozca a los suyos. Moros, Cristianos, alaridos, metales punzantes. Covadonga o Las Navas de Tolosa no debieron ser muy diferentes a esto.
“¡Viva España!”. Es el Capitán, pero esta vez su voz suena diferente, lánguida. Acaba de ser alcanzado por tercera vez, ahora en el estómago. Una herida abierta, mortal de necesidad. Él mismo “se contiene los intestinos”. Se niega a ser evacuado hasta que no se haya restablecido por completo la situación.
Amaina el combate. El suelo caliente de Marruecos no da abasto para absorber tanta sangre. Cuerpos humeantes, algunos aún gimientes, piden agua. A los pocos minutos ya sólo se oyen grillos. Las almas parten en silencio, hacia las estrellas.
Se ha defendido la posición, se ha rechazado al enemigo. La tierra africana se abrirá para abrazar los despojos de treinta y cinco españoles. Cien muertos pone el Rif.
Amanece. El héroe agoniza en un improvisado hospital de campaña. Pierde y recupera la consciencia en un estado de agradable duermevela. En su ya onírica realidad abraza y se despide de sus hijos Lorenzo y Pilar, de su esposa Pilar, de sus padres Rafael e Irene, de sus hermanos. La voz del Teniente Coronel Temprano le devuelve, bruscamente, al dolor de su cuerpo: “Eres un héroe”. Pero Carbonell ya no oye, sólo sonríe: “Me considero feliz si mi sacrificio ha sido útil a la Patria”. El Teniente Coronel le cierra suavemente los ojos. Ya es libre. Sobrevuela la verde y frondosa montaña alcoyana, su infancia y sus recuerdos.
Surca el cielo africano una estrella fugaz.

Sin una calle en su honor (Despiece 1)
El Capitán Lorenzo Carbonell Muntó fue ascendido a Comandante por el propio Alfonso XIII y le fue concedida, a título póstumo, la más alta condecoración militar, la Cruz Laureada de San Fernando. El juicio para su concesión se refiere a Carbonell como “el más brillante capitán de Regulares de Alhucemas”.
El aún Teniente Coronel Francisco Franco bautizó con su nombre las lomas de Yebel-Cobbú. También el callejero de su ciudad natal, Alcoy, honró durante algunos años al héroe que unió para siempre el nombre de Alcoy al de la exigua relación de laureados. En el año 1989, el Ayuntamiento, en manos del partidos socialista, cambió la denominación de la calle. Hoy no existe plaza, parque o monolito que honre su memoria.

La Cruz Laureada de San Fernando (Despiece 2)
Cruz Laureada de San Fernando
Instituida en 1911 por las Cortes de Cádiz para “honrar el valor heroico en servicio y beneficio de España”, se trata de la máxima condecoración militar que se puede obtener en España. El reglamento para otorgarla (sea con carácter individual o colectivo) está considerado el más estricto del mundo, pues, al contrario que otras condecoraciones extranjeras similares, se basa en un juicio contradictorio que otras órdenes no reconocen. Su artículo 13 señala que sólo puede concederse si esta probado el valor heroico y extraordinario en combate, entendido como tal la “virtud sublime que, con relevante esfuerzo de la voluntad, induce a acometer excepcionales acciones, hechos o servicios militares (…) con inminente riesgo de la propia vida y siempre en servicio de la Patria o de la paz y seguridad”.
El reglamento, que se actualiza regularmente, fue revisado por última vez en 2001. En el pasado era aún más estricto, pues condicionaba su concesión a producirse en estado de guerra y a que, caso de que la condecoración fuese colectiva, se produjeran más de un tercio de muertos en la acción.
En 2012 se otorgó la Laureada Colectiva -la primera desde 1943- al Regimiento de Alcántara, cuyos miembros se sacrificaron para cubrir la retirada de sus compañeros en Annual. La última Cruz Laureada individual se concedió en 1973 al capitán Jaime Galiano por el valor demostrado en el combate de Sitno, Rusia, en la Segunda Guerra Mundial, donde perdió la vida.
En total, desde su instauración a principios del siglo XIX, se han otorgado 1.709 Laureadas individuales y 150 colectivas.


Artículo publicado simultáneamente en "La Gaceta" (suplemento de historia "Ayer") y el diario local de Alcoy "El nostre periòdic" el día 17 de agosto de 2013.

domingo, 30 de junio de 2013

Mucho más que una marca


Marca España. De un tiempo a esta parte viene escuchándose por doquier el dichoso término. Algunos se escandalizan por entender que se trata de una suerte de mercantilización de las esencias patrias -“¡España no es una marca!”-. Que es como poner a Pelayo y a Churruca a vender las playas Benidorm. Algo intolerable. Otros claman por inercia. Porque se menta a la bicha. Porque lo que pretende el Gobierno es proyectar “una imagen uniformizadora que no reconoce la plurialidad del Estado”. Lo de siempre.
Pero en realidad, ¿qué es la Marca España?.

La imagen de un país
Joan Costa, quizá el mayor experto que de estas cosas tenemos en España, viajó a Colombia para reunirse con los responsables de marketing de un importante banco con problemas de aceptación social. En realidad, los banqueros -siempre al acecho de lo tangible, del clinc-clinc- eran escépticos con respecto a “eso de la imagen”. No acababan de entender la necesidad de invertir en algo tan etéreo puediendo, por ejemplo, abrir nuevas oficinas. 
Costa repartió folios en blanco entre el comité de dirección. “Escriban el nombre del que para ustedes es el mejor coche del mundo y me devuelven los papeles, caballeros”. Y empezó a leer las respuestas: “Rolls-Royce”. “Rolls-Royce”. “Rolls-Royce”. Dieciséis Rolls-Royce. Unanimidad. Lo nuclear del experimento vino luego: “¿Alguno de ustedes tiene un Rolls-Royce?”. Todos tenían buenos coches, pero ninguno un Rolls-Royce. Costa insistió: “¿Alguno de ustedes ha conducido un Rolls-Royce?”. Tampoco. Nadie. “Ninguno de ustedes tiene un Rolls-Royce, ni siquiera se han sentado en uno, y sin embargo todos están convencidos de que Rolls-Royce es el mejor coche del mundo: eso es la imagen”.
Algo así ocurre con las personas, los productos o las naciones. Las llamadas Marcas País no son más que las imágenes mentales que florecen en la mente de un señor al escuchar el nombre de un país determinado. Se activan resortes que han ido sedimentando en el imaginario colectivo; funcionan tópicos y estereotipos, creencias y prejuicios, hostildades o admiraciones. Es un poso intelectual que se conforma a través de experiencias directas: viajando, por medio de contactos personales, consumiendo productos o conduciendo un Rolls. O indirectas, principalmente a través de los medios de comunicación de masas: cine, prensa, radio, televisión o internet.
Así, cuando hablamos de la Marca España, hablamos de la imagen mental que se hacen por ahí fuera cuando leen o escuchan “España”. Tan sencillo y tan complejo como eso.
Los grandes gurús de estas cosas, a la hora de trabajar en la imagen de un país, suelen atender mayoritariamente a criterios de tipo social, cultural, turístico, político o financiero. Coches alemanes, tecnología japonesa, playas brasileñas, diseño italiano o  moda y gastronomía francesas. Por ejemplo. Sin embargo, no existen estudios serios sobre cómo afecta el pasado, la historia de una nación, en la imagen que hoy se tiene de ella. Los manuales de Country Branding no hacen alusión, por lo general, a un aspecto fundamental a la hora de elaborar la representación mental de un país: su influencia en la historia, su hazañas y sus miserias, su protagonismo (o su ausencia) en el pasado.

¿Quiénes somos los españoles?
Todas las patrias tienen una historia, pero no la historia de todas las patrias es lo suficiente determinante como para erigirse en elemento generador de imagen. No es el caso de España.
España es una de esas pocas naciones sin cuya existencia no se entendería el mundo actual. Desde aquí se ha moldeado el devenir de la Humanidad al punto de que hoy la cultura hispánica es, junto con la anglosajona, la de mayor preponderancia en Occidente. 
La formación política de España se dio en 1492 con la unión de las Coronas de Castilla y Aragón, aunque algunos estudiosos sitúan la génesis nacional en la Hispania Romana y otros la retrasan hasta la Constitución de Cádiz, en 1812. Sea como fuere, nuestro país, junto con Portugal, es, de todos los europeos, el único que ha mantenido estables sus fronteras desde el Medioevo. España fue potencia militar y colonial, pero también cultural, en los siglos XVI y XVII y obró una de las más grandes gestas de la historia: el Descubrimiento y Colonización del Nuevo Mundo.
Mapa de las extensiones máximas del Imperio Español
Y fue precisamente a partir de este momento, a partir de la expansión del Imperio y sus consecuencias, cuando sobre España se volcaron con más virulencia toda una serie de recriminaciones históricas que el país interiorizó al punto de vivir, desde entonces, en un estado de acomplejamiento permanente. Una sensación de fracaso histórico, más acusado a raíz de la pérdida de las últimas colonias en 1898, cuyo resultado engendró un rechazo inconsciente de España. Un rechazo que en Cataluña y Vascongadas favoreció la aparición de movimientos separatistas, que llevó a la izquierda a refugiarse en ideas internacionalistas, e incluso movió a la derecha regeneracionista a echar doble llave al sepulcro del Cid para que no volviera a cabalgar.
Un estado de esquizofrenia con origen en la Leyenda Negra y que, en palabras de Julián Marías, “partiendo de un punto concreto –supongamos que cierto-, extiende la condenación y descalificación a todo el país a lo largo de toda su historia, incluida la futura (…) sin prescribir jamás”.

La historia como generadora de imagen 
Pero hagamos un somero repaso de cómo hemos llegado hasta aquí. Italia, Alemania, Holanda, Inglaterra y Francia serán, de forma sucesiva, o a veces simultáneamente, los núcleos principales de la formación de esta imagen que, modulada (o a veces no tanto) ha llegado a nuestros días.
En el siglo XIII los reyes aragoneses conquistan Sicilia. Luego Cerdeña. Luego Nápoles. Fue la época en la que no había pez en el Mediterráneo que se atreviera a sacar la cola del agua sin llevar el escudo de las barras de Aragón. Dominación y sometimiento. El juicio acusador de los italianos se extiendió a todos los peninsulares.
Siglo XVI. La guerra del Emperador Carlos V contra los protestantes alemanes supone el momento de inflexión de la proyección negativa sobre los españoles. Lutero aprovechó la aparición de la imprenta, fenómeno de movilización de opinión pública de unas dimensiones desconocidas hasta el momento, para combatir a través de la propaganda al rey de España y a España misma. La influencia luterana logró, por ejemplo, que toda la documentación de la época refleja la palabra “marrano” como sinónimo de español.
La Inquisición será la nueva fuente de escándalos, aún siendo la caza de brujas mucho más intensa en centroeuropa que en España. Los esterotipos raciales –“españoles de sangre mora y judía”- y religiosos prendieron en Holanda cuando la guerra de Flandes. Una guerra de papel perdida para España. Suma y sigue. Inglaterra toma el relevo apoyando a los Países Bajos contra España en su batalla religiosa. Se radicaliza la hispanofobia, también como consecuencia del litigio colonial en América y, sobre todo, con la publicación de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Bartolomé de Las Casas. Un cúmulo de despropósitos, exageraciones e inexactitudes que proveyó de munición argumental a los enemigos de España, y lo que es más grave, “produjo una explosión típicamente española de autocrítica, de carácter masoquista y casi suicida. (…) Los españoles, mientras creaban un vasto y envidiable imperio, forjaron, sin inhibiciones, armas para su propia difamación. Los holandeses e ingleses no mostraron reparo alguno en utilizarlas en su propaganda contra la poderosa España” (P.W.Powel).
La tradicional enemistad con Francia, a partir de la intervención de Felipe II en asuntos franceses, crea un nuevo enemigo, esta vez más poderoso por cuanto proyecta una profunda influencia cultural en toda Europa. Afianza los estereotipos más negativos. Durante el XVIII, la Ilustración hace de España la tierra de la superstición y la ignorancia, en contraste con la luz e ilustración francesas.
España, antaño todopoderosa potencia mundial, empieza a convertirse en un lugar exótico, propio de relatos novelescos, románticos, quijotescos; un país pintoresco de habitantes indolentes y atrasados que se recrean en su miseria de viejos hidalgos. 
El bandolero, figura recurrente en
la literatura de viajes (S.XVIII-XIX)
Es la época de los viajeros románticos. Se identifica a España con Andalucía, pero también con los moros y lo oriental, con la picaresca o la audacia del bandolero, con la altanería, los toros y el fervor patriótico, con la religiosidad popular y la superchería. Una reserva de valores puros y primitivos que las guerras carlistas del XIX no hicieron sino consolidar, y el siglo XX, la Guerra, la miseria y la dictadura acabó de apuntalar.
El resultado ha sido un cuadro siniestro de pobreza, indolencia, catolicismo inquisitorial, moscas y toros que los españoles hemos interiorizado como “una de las alucionaciones colectivas más significativas de Occidente, y precisamente por eso la más afanosamente divulgada y asimilada por todos” (Sverker Arnoldsson).
Más aún: para el hispanista Pierre Chaunu “las representaciones exteriores de España son las que le han afectado más profundamente. (…) La especificidad profunda de la leyenda negra radica (…) en que esta imagen de sí misma ha afectado a España como no ha afectado ninguna otra imagen externa a cualquier otra nación”.

Abrir el sepulcro del Cid
Estereotipos que pensábamos felizmente desaparecidos pero que reaparecen como fantasmas que se niegan a abandonar la vieja casa. “Nadie quiere ser hoy como España. España solo vale para el flamenco y el vino tinto”, espetó hace unos meses ni más ni menos que el secretario general adjunto a la OCDE, el estadounidense Richard A. Boucher.
Y España, es cierto, está siendo azotada salvajemente por la crisis, rompe todos los récords de paro en el mundo occidental, la economía sigue sin levantar cabeza cinco  años después y la sombra de la burbuja inmobiliaria y un boom económico ficticio hace que la autoestima nacional, tradicionalmente débil, alcance niveles de depresión colectiva. Sin embargo, para el historiador británico John Elliott “la misma recesión se está viviendo a nivel mundial, pero en ningún otro país se está creando como aquí una situación de psicosis. La autoculpa es algo muy español, ese particular ensimismamiento a la hora de juzgar los conflictos”.      
En definitiva, España arrastra una baja autoestima secular, un fatalismo antropológico que necesariamente lastra su proyección internacional y su imagen ante el mundo (y ante si misma). Su Marca País.

Así las cosas, los españoles del siglo XXI tenemos la obligación histórica de exorcizar esos viejos fantasmas, de “dejar de obsesionarnos con la imagen que fuera tienen de nosotros”, como dice la historiadora Carmen Iglesias; de abrir el sepulcro del Cid y cuantos sepulcros sean necesarios y mirar a nuestros muertos a los ojos, de levantar a esta vieja patria del diván del psicoanlista y ponerla en marcha. Serena y alegre. Con todo su potencial, que es enorme.

Rafael Núñez Huesca
Responsable de Comunicación de la Fundación DENAES

Artículo publicado en el suplemento AYER// del diario La Gaceta el sábado 29 de junio de 2013