lunes, 26 de agosto de 2013

Lorenzo Carbonell Muntó, “el más brillante capitán de Regulares”


Las grandes potencias industriales europeas se repartían el mundo en las postrimerías del siglo XIX mientras España perdía, Desastre del 98 mediante, el derecho a llamarse imperio. La historia, como casi siempre, nos cogía a contrapié.
A principios del siglo XX, una vez distribuido lo mejor del banquete africano entre franceses, belgas y británicos, se requirió de la presencia del comensal español. Un tipo exhausto por las tres guerras civiles del XIX y aún conmocionado por la pesadilla de Cuba, pero hambriento de gloria. África suponía recuperar la dignidad nacional, reconciliarse con sus mejores tiempos y volver al auténtico ser de España: el Imperio.
El Rif, 20.000 Km² de montaña y piedras en lo que hoy conocemos como Marruecos, fue la porción de tierra que ofrecían los franceses y que suponía la posibilidad de reverdecer viejos laureles.
Abd-el-Krim
Muy pronto las cábilas del Rif se agruparían bajo el liderazgo del caudillo Abd-el-Krim, produciéndose los primeros encontronazos, casi todos saldados con desastrosos resultados para nuestro mal pertrechado y peor dirigido ejército. La mayor carnicería se produjo en el Barranco del Lobo, cerca de Melilla, en 1909. Los moros, conocedores del terreno y apostados en posiciones elevadas, cazaron a los españoles como a conejos. Mil muertos. La noticia de la tragedia corrió como la pólvora. Prendió en Barcelona. La Ciudad Condal se consumía en un clima político asfixiante donde los movimientos obreros y anarquistas buscaban el momento idóneo para hacer la revolución. La Guerra de África, con levas que afectaron fundamentalmente a los trabajadores, era ése momento. Tres días de protestas, quemas de conventos y enfrentamientos con el ejército que se saldaron con más de cien muertos y una brutal represión. Se le llamó la Semana Trágica y se llevó por delante al Gobierno de Maura.
Al término de la I Guerra Mundial se reanudaron las operaciones contra los rebeldes de Abd-el-Krim, ya con tropas indígenas –Regulares-, a las que se unirían la recién estrenada Legión Española. No obstante lo cual la mayoría de los efectivos seguían procediendo de reclutas forzosas. Gentes por lo general humildes, sin entrenamiento militar, mal alimentados y armados con fusiles obsoletos.

Annual
Es el verano de 1921, después de algunos progresos militares y, sobre todo, sobornando a líderes rifeños, los españoles avanzan. Desde Melilla, se recorren más de 130 Kms en dirección a la bahía de Alhucemas, a través de un interminable desfiladero: Annual.
El Comandante General Fernández Silvestre busca el golpe definitivo que pacifique de una vez por todas el protectorado y le granjeé el reconocimiento y los galones que creía merecer. Fue una acción mal planificada y peor ejecutada que acabaría dejando el episodio del Barranco del Lobo en una infeliz anécdota.
Los indígenas reaccionaron de forma no esperada por la autoridad militar española:
atacaron con desconcertante fiereza a los soldados españoles, que huyeron en desbandada. A la carrera. Desordenadamente, confundidos, aterrorizados, a través de aquél inhóspito desfiladero. La masacre no pudo ser más sencilla para un enemigo que, desde las lomas, disparaba casi sin apuntar. 10.000 cadáveres. Ninguno recibió sepultura. Quedaron momificados. Muchos de ellos aún conservarían el gesto de pánico cuando, cuatro años después, las tropas españolas desembarcaran en Alhucemas.
3.000 españoles renunciaron a llegar a Melilla y pactaron la capitulación con Abd-el-Krim: las armas a cambio de la vida. Los nuestros apilaron sus polvorientos fusiles en una enorme montaña de armas. Luego les cortaron el cuello. A todos. Sobrevivieron sesenta, por los que dos años más tarde se pagaría un millonario rescate.
El desastre provocó una enorme conmoción en una opinión pública contraria a la guerra y harta de mandar jóvenes y recibir muertos. Hubo grandes protestas en el país que reclamaban la salida inmediata del avispero marroquí. La presión social llevó a la formación de una comisión militar de investigación que destapó graves irregularidades, corrupción e ineficacia en el ejército español destinado en África. Mas el expediente no llegó a depurar responsabilidades: el 13 de septiembre de 1923, el Capitán General Miguel Primo de Rivera se rebela contra el gobierno y establece una dictadura militar. Entre sus principales objetivos, sino el principal, acabar con la guerra de la única manera en que sabe hacerlo un militar: ganándola.

El Capitán Carbonell
Capitán Lorenzo Carbonell Muntó
Corre el verano de 1924. Continúa la sangría africana. Un contingente español a cargo del Comandante Puig desembarca en la bahía de Uad Lau, muy próxima a Tetuán. El objetivo es ocupar las alturas de Yebel-Cobbú para, de este modo, cubrir las posiciones españolas, hostigadas permanentemente por los rifeños.
A mediados de agosto ya ondea la enseña nacional en lo más alto de Yebel-Cobbú, pero la posición no está ni mucho menos asegurada. Escaramuzas constantes de un enemigo invisible no permiten bajar ni un segundo la guardia.

Cae la tarde del día 24 de agosto. El joven capitán de las Fuerzas Regulares de Alhucemas nº5, Lorenzo Carbonell Muntó, ordena a la mitad de sus hombres fortificar la posición. La otra mitad, de guardia. Tal es la inseguridad.
El capitán Carbonell, natural de la industriosa ciudad de Alcoy, nació en el año 1894 en el seno de una familia acomodada. Cuarto de nueve hermanos, su vocación castrense le llevó a ingresar, con 19 años, en la Academia de Infantería de Toledo.
De tez morena y ojos negros, brillantes; casi mimetizado con el entorno; sereno el temperamento, “los soldados tienen un cariño tan grande por su capitán, que se matan antes que él tuviera un mínimo incidente”.
El sol agoniza a lo lejos. El cielo es ya completamente rojo, preludio fatal de la sangre que iba a verterse. Los soldados, afanosos en las labores de parapeto, no reparan en que, a escasos veinte metros, doscientos moros avanzan entre el espesísimo monte bajo. Sigilosos y fríos como culebras. Pacientes. Diez metros les separan ya de los nuestros cuando se escucha, más que un grito, un rugido estremecedor. Es la señal. Los moros se yerguen. Muchos de los nuestros nunca supieron que ocurrió, murieron antes. Un aguacero cruel de granadas de mano iluminaba todo el sector de Uad-Lau. La vida se va a fogonazos. Los cuerpos vuelan por los aires y caen, como fardos, para no volverse a levantar. Amputados deambulan intentando, penosamente, recuperar la orientación. No hay honor en esto. Las piedras sustituyen a los explosivos en una suerte de plaga Bíblica que, a base de violentísimos golpes secos, se llevan a los españoles. Desconcierto. Entre gritos, que más que de dolor parecen de pena, un soldado llama a su madre. El lamento cesa de un disparo. Los que pueden correr, corren. El resto, se arrastra. Un primitivo instinto de supervivencia les grita que huyan, les grita que vivan.
Cuando la posición parece irremediablemente perdida, una voz estruendosa, rotunda, se eleva por encima de las demás: “¡Al parapeto y a ellos!”. El griterío ininteligible cesa por un segundo. “Con una serenidad pasmosa y un desprecio a la vida incalculable” aparece la figura del Capitán Carbonell que, pistola en mano, avanza entre el caos. Sin desviar la mirada del enemigo, y sin parar de disparar, va levantando españoles del suelo, “¡arriba!”. Se mantiene imperturbable entre el silbido de las balas. Actúa como si controlara la enloquecida situación. La escena es esperpéntica. “¡Vamos!”, “¡a ellos!”. El Capitán acaba por contagiar su grotesca seguridad. Algunos que marchaban presa del pánico, vuelven. Otros buscan munición por los suelos, con las manos temblorosas. Carbonell recibe un disparo en el pecho que le hace retroceder varios metros, pero no cae al suelo. Esa bala rifeña acaba de obrar el milagro: los soldados de España recuperan súbitamente la moral. Ya no importa morir. O ellos o nosotros. Son leones. Y se lanzan al combate cuerpo a cuerpo. El desconcierto cambia de bando. Carbonell es de nuevo herido, esta vez en el brazo. Ha perdido su arma, ya sólo da órdenes. Se agarra la herida. Algunos de los suyos abandonan el combate para socorrerle. Los rechaza: “¡Adelante!”. Parece inmortal. Su abnegación ilumina a los suyos que, si están vivos, están combatiendo. Se ha contenido al enemigo. La lucha es salvaje, casi medieval. La pólvora deja paso al frío acero. Machetazos, y que el diablo reconozca a los suyos. Moros, Cristianos, alaridos, metales punzantes. Covadonga o Las Navas de Tolosa no debieron ser muy diferentes a esto.
“¡Viva España!”. Es el Capitán, pero esta vez su voz suena diferente, lánguida. Acaba de ser alcanzado por tercera vez, ahora en el estómago. Una herida abierta, mortal de necesidad. Él mismo “se contiene los intestinos”. Se niega a ser evacuado hasta que no se haya restablecido por completo la situación.
Amaina el combate. El suelo caliente de Marruecos no da abasto para absorber tanta sangre. Cuerpos humeantes, algunos aún gimientes, piden agua. A los pocos minutos ya sólo se oyen grillos. Las almas parten en silencio, hacia las estrellas.
Se ha defendido la posición, se ha rechazado al enemigo. La tierra africana se abrirá para abrazar los despojos de treinta y cinco españoles. Cien muertos pone el Rif.
Amanece. El héroe agoniza en un improvisado hospital de campaña. Pierde y recupera la consciencia en un estado de agradable duermevela. En su ya onírica realidad abraza y se despide de sus hijos Lorenzo y Pilar, de su esposa Pilar, de sus padres Rafael e Irene, de sus hermanos. La voz del Teniente Coronel Temprano le devuelve, bruscamente, al dolor de su cuerpo: “Eres un héroe”. Pero Carbonell ya no oye, sólo sonríe: “Me considero feliz si mi sacrificio ha sido útil a la Patria”. El Teniente Coronel le cierra suavemente los ojos. Ya es libre. Sobrevuela la verde y frondosa montaña alcoyana, su infancia y sus recuerdos.
Surca el cielo africano una estrella fugaz.

Sin una calle en su honor (Despiece 1)
El Capitán Lorenzo Carbonell Muntó fue ascendido a Comandante por el propio Alfonso XIII y le fue concedida, a título póstumo, la más alta condecoración militar, la Cruz Laureada de San Fernando. El juicio para su concesión se refiere a Carbonell como “el más brillante capitán de Regulares de Alhucemas”.
El aún Teniente Coronel Francisco Franco bautizó con su nombre las lomas de Yebel-Cobbú. También el callejero de su ciudad natal, Alcoy, honró durante algunos años al héroe que unió para siempre el nombre de Alcoy al de la exigua relación de laureados. En el año 1989, el Ayuntamiento, en manos del partidos socialista, cambió la denominación de la calle. Hoy no existe plaza, parque o monolito que honre su memoria.

La Cruz Laureada de San Fernando (Despiece 2)
Cruz Laureada de San Fernando
Instituida en 1911 por las Cortes de Cádiz para “honrar el valor heroico en servicio y beneficio de España”, se trata de la máxima condecoración militar que se puede obtener en España. El reglamento para otorgarla (sea con carácter individual o colectivo) está considerado el más estricto del mundo, pues, al contrario que otras condecoraciones extranjeras similares, se basa en un juicio contradictorio que otras órdenes no reconocen. Su artículo 13 señala que sólo puede concederse si esta probado el valor heroico y extraordinario en combate, entendido como tal la “virtud sublime que, con relevante esfuerzo de la voluntad, induce a acometer excepcionales acciones, hechos o servicios militares (…) con inminente riesgo de la propia vida y siempre en servicio de la Patria o de la paz y seguridad”.
El reglamento, que se actualiza regularmente, fue revisado por última vez en 2001. En el pasado era aún más estricto, pues condicionaba su concesión a producirse en estado de guerra y a que, caso de que la condecoración fuese colectiva, se produjeran más de un tercio de muertos en la acción.
En 2012 se otorgó la Laureada Colectiva -la primera desde 1943- al Regimiento de Alcántara, cuyos miembros se sacrificaron para cubrir la retirada de sus compañeros en Annual. La última Cruz Laureada individual se concedió en 1973 al capitán Jaime Galiano por el valor demostrado en el combate de Sitno, Rusia, en la Segunda Guerra Mundial, donde perdió la vida.
En total, desde su instauración a principios del siglo XIX, se han otorgado 1.709 Laureadas individuales y 150 colectivas.


Artículo publicado simultáneamente en "La Gaceta" (suplemento de historia "Ayer") y el diario local de Alcoy "El nostre periòdic" el día 17 de agosto de 2013.

domingo, 30 de junio de 2013

Mucho más que una marca


Marca España. De un tiempo a esta parte viene escuchándose por doquier el dichoso término. Algunos se escandalizan por entender que se trata de una suerte de mercantilización de las esencias patrias -“¡España no es una marca!”-. Que es como poner a Pelayo y a Churruca a vender las playas Benidorm. Algo intolerable. Otros claman por inercia. Porque se menta a la bicha. Porque lo que pretende el Gobierno es proyectar “una imagen uniformizadora que no reconoce la plurialidad del Estado”. Lo de siempre.
Pero en realidad, ¿qué es la Marca España?.

La imagen de un país
Joan Costa, quizá el mayor experto que de estas cosas tenemos en España, viajó a Colombia para reunirse con los responsables de marketing de un importante banco con problemas de aceptación social. En realidad, los banqueros -siempre al acecho de lo tangible, del clinc-clinc- eran escépticos con respecto a “eso de la imagen”. No acababan de entender la necesidad de invertir en algo tan etéreo puediendo, por ejemplo, abrir nuevas oficinas. 
Costa repartió folios en blanco entre el comité de dirección. “Escriban el nombre del que para ustedes es el mejor coche del mundo y me devuelven los papeles, caballeros”. Y empezó a leer las respuestas: “Rolls-Royce”. “Rolls-Royce”. “Rolls-Royce”. Dieciséis Rolls-Royce. Unanimidad. Lo nuclear del experimento vino luego: “¿Alguno de ustedes tiene un Rolls-Royce?”. Todos tenían buenos coches, pero ninguno un Rolls-Royce. Costa insistió: “¿Alguno de ustedes ha conducido un Rolls-Royce?”. Tampoco. Nadie. “Ninguno de ustedes tiene un Rolls-Royce, ni siquiera se han sentado en uno, y sin embargo todos están convencidos de que Rolls-Royce es el mejor coche del mundo: eso es la imagen”.
Algo así ocurre con las personas, los productos o las naciones. Las llamadas Marcas País no son más que las imágenes mentales que florecen en la mente de un señor al escuchar el nombre de un país determinado. Se activan resortes que han ido sedimentando en el imaginario colectivo; funcionan tópicos y estereotipos, creencias y prejuicios, hostildades o admiraciones. Es un poso intelectual que se conforma a través de experiencias directas: viajando, por medio de contactos personales, consumiendo productos o conduciendo un Rolls. O indirectas, principalmente a través de los medios de comunicación de masas: cine, prensa, radio, televisión o internet.
Así, cuando hablamos de la Marca España, hablamos de la imagen mental que se hacen por ahí fuera cuando leen o escuchan “España”. Tan sencillo y tan complejo como eso.
Los grandes gurús de estas cosas, a la hora de trabajar en la imagen de un país, suelen atender mayoritariamente a criterios de tipo social, cultural, turístico, político o financiero. Coches alemanes, tecnología japonesa, playas brasileñas, diseño italiano o  moda y gastronomía francesas. Por ejemplo. Sin embargo, no existen estudios serios sobre cómo afecta el pasado, la historia de una nación, en la imagen que hoy se tiene de ella. Los manuales de Country Branding no hacen alusión, por lo general, a un aspecto fundamental a la hora de elaborar la representación mental de un país: su influencia en la historia, su hazañas y sus miserias, su protagonismo (o su ausencia) en el pasado.

¿Quiénes somos los españoles?
Todas las patrias tienen una historia, pero no la historia de todas las patrias es lo suficiente determinante como para erigirse en elemento generador de imagen. No es el caso de España.
España es una de esas pocas naciones sin cuya existencia no se entendería el mundo actual. Desde aquí se ha moldeado el devenir de la Humanidad al punto de que hoy la cultura hispánica es, junto con la anglosajona, la de mayor preponderancia en Occidente. 
La formación política de España se dio en 1492 con la unión de las Coronas de Castilla y Aragón, aunque algunos estudiosos sitúan la génesis nacional en la Hispania Romana y otros la retrasan hasta la Constitución de Cádiz, en 1812. Sea como fuere, nuestro país, junto con Portugal, es, de todos los europeos, el único que ha mantenido estables sus fronteras desde el Medioevo. España fue potencia militar y colonial, pero también cultural, en los siglos XVI y XVII y obró una de las más grandes gestas de la historia: el Descubrimiento y Colonización del Nuevo Mundo.
Mapa de las extensiones máximas del Imperio Español
Y fue precisamente a partir de este momento, a partir de la expansión del Imperio y sus consecuencias, cuando sobre España se volcaron con más virulencia toda una serie de recriminaciones históricas que el país interiorizó al punto de vivir, desde entonces, en un estado de acomplejamiento permanente. Una sensación de fracaso histórico, más acusado a raíz de la pérdida de las últimas colonias en 1898, cuyo resultado engendró un rechazo inconsciente de España. Un rechazo que en Cataluña y Vascongadas favoreció la aparición de movimientos separatistas, que llevó a la izquierda a refugiarse en ideas internacionalistas, e incluso movió a la derecha regeneracionista a echar doble llave al sepulcro del Cid para que no volviera a cabalgar.
Un estado de esquizofrenia con origen en la Leyenda Negra y que, en palabras de Julián Marías, “partiendo de un punto concreto –supongamos que cierto-, extiende la condenación y descalificación a todo el país a lo largo de toda su historia, incluida la futura (…) sin prescribir jamás”.

La historia como generadora de imagen 
Pero hagamos un somero repaso de cómo hemos llegado hasta aquí. Italia, Alemania, Holanda, Inglaterra y Francia serán, de forma sucesiva, o a veces simultáneamente, los núcleos principales de la formación de esta imagen que, modulada (o a veces no tanto) ha llegado a nuestros días.
En el siglo XIII los reyes aragoneses conquistan Sicilia. Luego Cerdeña. Luego Nápoles. Fue la época en la que no había pez en el Mediterráneo que se atreviera a sacar la cola del agua sin llevar el escudo de las barras de Aragón. Dominación y sometimiento. El juicio acusador de los italianos se extiendió a todos los peninsulares.
Siglo XVI. La guerra del Emperador Carlos V contra los protestantes alemanes supone el momento de inflexión de la proyección negativa sobre los españoles. Lutero aprovechó la aparición de la imprenta, fenómeno de movilización de opinión pública de unas dimensiones desconocidas hasta el momento, para combatir a través de la propaganda al rey de España y a España misma. La influencia luterana logró, por ejemplo, que toda la documentación de la época refleja la palabra “marrano” como sinónimo de español.
La Inquisición será la nueva fuente de escándalos, aún siendo la caza de brujas mucho más intensa en centroeuropa que en España. Los esterotipos raciales –“españoles de sangre mora y judía”- y religiosos prendieron en Holanda cuando la guerra de Flandes. Una guerra de papel perdida para España. Suma y sigue. Inglaterra toma el relevo apoyando a los Países Bajos contra España en su batalla religiosa. Se radicaliza la hispanofobia, también como consecuencia del litigio colonial en América y, sobre todo, con la publicación de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Bartolomé de Las Casas. Un cúmulo de despropósitos, exageraciones e inexactitudes que proveyó de munición argumental a los enemigos de España, y lo que es más grave, “produjo una explosión típicamente española de autocrítica, de carácter masoquista y casi suicida. (…) Los españoles, mientras creaban un vasto y envidiable imperio, forjaron, sin inhibiciones, armas para su propia difamación. Los holandeses e ingleses no mostraron reparo alguno en utilizarlas en su propaganda contra la poderosa España” (P.W.Powel).
La tradicional enemistad con Francia, a partir de la intervención de Felipe II en asuntos franceses, crea un nuevo enemigo, esta vez más poderoso por cuanto proyecta una profunda influencia cultural en toda Europa. Afianza los estereotipos más negativos. Durante el XVIII, la Ilustración hace de España la tierra de la superstición y la ignorancia, en contraste con la luz e ilustración francesas.
España, antaño todopoderosa potencia mundial, empieza a convertirse en un lugar exótico, propio de relatos novelescos, románticos, quijotescos; un país pintoresco de habitantes indolentes y atrasados que se recrean en su miseria de viejos hidalgos. 
El bandolero, figura recurrente en
la literatura de viajes (S.XVIII-XIX)
Es la época de los viajeros románticos. Se identifica a España con Andalucía, pero también con los moros y lo oriental, con la picaresca o la audacia del bandolero, con la altanería, los toros y el fervor patriótico, con la religiosidad popular y la superchería. Una reserva de valores puros y primitivos que las guerras carlistas del XIX no hicieron sino consolidar, y el siglo XX, la Guerra, la miseria y la dictadura acabó de apuntalar.
El resultado ha sido un cuadro siniestro de pobreza, indolencia, catolicismo inquisitorial, moscas y toros que los españoles hemos interiorizado como “una de las alucionaciones colectivas más significativas de Occidente, y precisamente por eso la más afanosamente divulgada y asimilada por todos” (Sverker Arnoldsson).
Más aún: para el hispanista Pierre Chaunu “las representaciones exteriores de España son las que le han afectado más profundamente. (…) La especificidad profunda de la leyenda negra radica (…) en que esta imagen de sí misma ha afectado a España como no ha afectado ninguna otra imagen externa a cualquier otra nación”.

Abrir el sepulcro del Cid
Estereotipos que pensábamos felizmente desaparecidos pero que reaparecen como fantasmas que se niegan a abandonar la vieja casa. “Nadie quiere ser hoy como España. España solo vale para el flamenco y el vino tinto”, espetó hace unos meses ni más ni menos que el secretario general adjunto a la OCDE, el estadounidense Richard A. Boucher.
Y España, es cierto, está siendo azotada salvajemente por la crisis, rompe todos los récords de paro en el mundo occidental, la economía sigue sin levantar cabeza cinco  años después y la sombra de la burbuja inmobiliaria y un boom económico ficticio hace que la autoestima nacional, tradicionalmente débil, alcance niveles de depresión colectiva. Sin embargo, para el historiador británico John Elliott “la misma recesión se está viviendo a nivel mundial, pero en ningún otro país se está creando como aquí una situación de psicosis. La autoculpa es algo muy español, ese particular ensimismamiento a la hora de juzgar los conflictos”.      
En definitiva, España arrastra una baja autoestima secular, un fatalismo antropológico que necesariamente lastra su proyección internacional y su imagen ante el mundo (y ante si misma). Su Marca País.

Así las cosas, los españoles del siglo XXI tenemos la obligación histórica de exorcizar esos viejos fantasmas, de “dejar de obsesionarnos con la imagen que fuera tienen de nosotros”, como dice la historiadora Carmen Iglesias; de abrir el sepulcro del Cid y cuantos sepulcros sean necesarios y mirar a nuestros muertos a los ojos, de levantar a esta vieja patria del diván del psicoanlista y ponerla en marcha. Serena y alegre. Con todo su potencial, que es enorme.

Rafael Núñez Huesca
Responsable de Comunicación de la Fundación DENAES

Artículo publicado en el suplemento AYER// del diario La Gaceta el sábado 29 de junio de 2013

martes, 26 de marzo de 2013

Cuestión de supervivencia


Reproduzco la "Tribuna" que ABC ha tenido a bien publicarme en el día 26 de marzo. 


Ninguno de las grandes logros de la Humanidad fueron fruto de un hombre solo; todos lo fueron de empresas colectivas: Grecia, Roma, los avences médicos, la conquista del espacio, la democracia, el Descubrimiento, la Revolución Industrial o Científica. Incluso Einstein tuvo maestros y se sirvió de libros escritos por otros.
La colaboración entre los hombres, la suma, ha sido y sigue siendo la fórmula universal del éxito. En todos los órdenes de la vida. Desde lo deportivo hasta lo empresarial. La asistencia mutua, la contribución desde la pluralidad, las sinergias, las aportaciones desde diferentes perspectivas; todo genera un resultado mucho mayor que la simple suma de sus partes. Se trata de la renuncia magnánima de los intereses particulares en favor del interés general. No otra cosa es una nación.

Y es por eso que la voluntad de algunos reyezuelos autonómicos de separar a su región de la matriz española se antoja de todo punto inconcebible. Renunciar al acervo cultural común que compartimos todos los españoles y que supone sentir como propios la Torre de Hércules, La Alhambra, El Sardinero, Las Ramblas, la cocina vasca, la lengua española o El Quijote, desafía, ya no a la historia o los lazos y afectos mutuos, también el más elemental sentido común.
Una Cataluña escindida de España supondría una abrupta alteración en todo los órdenes. Para el todo y, aún más, para la parte.
Muchos de los genios creativos que España ha ofrecido al mundo nacieron en Cataluña. El Principado constituyó siempre un lugar de vanguardia cultural, económica y empresarial que despertó la admiración del resto de España, y acogió con generosidad a otros compatriotas que llegaron allí con la ilusión de empezar una nueva vida. Cualquier español vería con pesadumbre cómo una tierra que siempre sintió como propia, pasaría a convertirse en un lugar ajeno, extraño. Y la misma cosa, en una dimensión colosal, sería privar a los catalanes de España. Un drama recíproco que algunos, en su locura, ya creen estar acariciando.

Para llegar a esto se ha tenido que sembrar previamente la semilla de la discordia. Y la semilla ha germinado. El nacionalismo catalán ha hecho bien su trabajo. Una labor metódica, por fases, sin las estridencias del nacionalismo vasco, que en Barcelona siempre juzgaron contraproducentes. Una calculada operación de ingeniería social, reconocida por la propia CIU en aquél documento de 1990 en el que proyectaba la “infiltración nacionalista en todos los ámbitos sociales” como herramienta para alcanzar el ansiado objetivo final. Nada nuevo. Prat de la Riba, el ideólogo de todo esto, trazó el camino a seguir hace más de un siglo: “Tanto como exaltamos lo nuestro, rebajamos y menospreciamos todo lo castellano (español), a tuertas y a derechas, sin medida”. Y eso han hecho. Con notable éxito. Y con el beneplácito, cuando no la colaboración suicida, del propio Estado. Una estrategia que ha pivotado sobre tres ejes: narcisismo, victimismo y aversión al resto de España. Deleznable pero exitoso. Ahí están los hechos. Y ya con la tierra suficientemente empapada de rencor, es el momento de encarar la última y definitiva fase del plan.

ABC, 26 de marzo de 2013
Desde la Fundación para la Defensa de la Nación Española, DENAES, tenemos la absoluta seguridad que el proceso de fraccionamiento es reversible. Hará falta coraje político y una férrea voluntad de cambio de modelo. Habrán de tomarse medidas drásticas. Todas las que no se tomaron antes. La primera de ellas, dotar al Estado de la consistencia y viabilidad de las que ahora carece. El Estado Autonómico se ha convertido en el Estado del bienestar de los partidos políticos, no de los españoles. Es inviable y la crisis económica ha destapado definitivamente todas sus carencias. La llamada partitocracia ha colonizado haste el último estamento, justicia incluída, al punto de instalarse en un estado de corrupción sistémica y transversal, insoportable para el ciudadano, que empieza a mostrarse escéptico del actual modelo en su conjunto.
Es una necesidad imperiosa ahondar en el proyecto común de España, dotar al Estado de una coherencia acorde con la historia, la cultura y los afectos comunes entre los españoles. Las reformas que hoy necesita España no son sólo las orientadas a lo económico, ésas son sólo algunas, y ni siquiera las más importantes. Es necesario recuperar para el conjunto las competencias en Educación, Justicia, Protección Civil,  Interior y Medio Ambiente.
Cada vez son más los españoles que reclaman, por una cuestión de estricta supervivencia nacional, una gran reforma constitucional llevada a cabo por los dos grandes partidos que sólo será posible a través de un ejercicio de patriotismo que dé prioridad al interés general por encima del interés particular, incluído el de los partidos, y siente las bases de la refundación del propio sistema. La reforma irremediablemente se hará; así lo exige la desesperada sociedad civil española. Nos conviene a todos que esta se produzca con la anunencia y colaboración de los grandes partidos políticos. 

Rafael Núñez HuescaResponsable de Comunicación de Fundación DENAES